La reciente deportación de 17 presuntos criminales desde Estados Unidos hacia El Salvador ha generado un fuerte pronunciamiento por parte del presidente salvadoreño, Nayib Bukele. Calificando a los deportados como “asesinos” y “delincuentes de alto perfil”, Bukele aseguró que todos los individuos serán encarcelados en una prisión de máxima seguridad. Esta acción, coordinada con las autoridades estadounidenses, se suma a las polémicas deportaciones ejecutadas en marzo, y plantea interrogantes sobre el cumplimiento del debido proceso y las implicaciones jurídicas internacionales.
Deportaciones bajo el marco de cooperación bilateral
El presidente Bukele confirmó, a través de un mensaje en la red social X, que los 17 individuos deportados son miembros de organizaciones criminales como el Tren de Aragua y la MS-13. Según su publicación, el operativo se llevó a cabo en conjunto con Estados Unidos como parte de los esfuerzos compartidos para combatir el crimen organizado transnacional.
“Anoche, en un operativo militar conjunto con nuestros aliados de Estados Unidos, trasladamos a 17 criminales extremadamente peligrosos vinculados al Tren de Aragua y la MS-13”, escribió el mandatario.
Sin embargo, Bukele no ofreció pruebas que sustenten sus declaraciones. Afirmó que entre los deportados se encuentran “seis violadores de niños” y que todos son “asesinos confirmados”.
Estas acciones se producen en medio de un clima legal complejo en Estados Unidos. El 15 de marzo, la administración estadounidense invocó la Ley de Enemigos Extranjeros —una normativa de 1798 que permite deportaciones sin vista judicial— para expulsar a más de 200 ciudadanos venezolanos supuestamente vinculados al Tren de Aragua. Esta ley no se había aplicado desde la Segunda Guerra Mundial y fue activada bajo el argumento de que dicha banda criminal representa una amenaza directa a la seguridad nacional.
El exmandatario Donald Trump respaldó esta medida, afirmando que el Tren de Aragua estaba “invadiendo” territorio estadounidense, acusación que muchos expertos han cuestionado por su falta de fundamento.
Pese a la existencia de una orden judicial federal que bloquea la aplicación de esta ley, tres vuelos fueron fletados desde Texas para deportar a los supuestos criminales a El Salvador. Los deportados fueron enviados al Centro de Confinamiento del Terrorismo (Cecot), una prisión de máxima seguridad inaugurada por el gobierno de Bukele.
Hasta el momento, el gobierno salvadoreño no ha proporcionado detalles sobre la condición legal ni el estatus procesal de los deportados. Esta ausencia de información genera inquietud entre organizaciones defensoras de derechos humanos, que exigen transparencia y garantías mínimas para los individuos acusados, independientemente de su historial criminal.
La cooperación entre Estados Unidos y El Salvador en materia de seguridad ha dado paso a operativos de deportación sin precedentes, marcados por declaraciones contundentes y decisiones legales controvertidas. Mientras Bukele refuerza su narrativa de mano dura contra el crimen, persisten dudas sobre el respeto al debido proceso y el equilibrio entre seguridad y derechos humanos. Lo que queda claro es que este tipo de acciones seguirán atrayendo la atención internacional, tanto por su impacto en la seguridad regional como por sus implicaciones éticas y legales.
Bukele warns of dangers of u.s. Deportees “they are murderers and high-profile criminals”

The recent deportation of 17 alleged criminals from the United States to El Salvador has prompted a strong reaction from Salvadoran President Nayib Bukele. Labeling the deportees as “murderers” and “high-profile criminals,” Bukele announced they would be imprisoned in a maximum-security facility. This operation, carried out in coordination with U.S. authorities, follows controversial deportations from March and raises concerns about due process and international legal implications.
President Bukele confirmed via a post on the social media platform X that the 17 deported individuals are allegedly linked to criminal organizations such as Tren de Aragua and MS-13. According to his statement, the transfer was part of a joint military operation with the United States aimed at combating transnational organized crime.
“Last night, in a joint military operation with our U.S. allies, we transferred 17 extremely dangerous criminals linked to Tren de Aragua and MS-13,” the president wrote.
However, Bukele did not provide evidence to support his claims. He asserted that the group includes “six child rapists” and that all are “confirmed murderers.”
These actions occur amid a complex legal environment in the United States. On March 15, the U.S. government invoked the Alien Enemies Act —a law from 1798 allowing deportation without a judicial hearing— to expel over 200 Venezuelans allegedly tied to Tren de Aragua. The act had not been used since World War II and was activated under the claim that this criminal group poses a direct threat to national security.
Former President Donald Trump supported the decision, stating that Tren de Aragua was “invading” the U.S., an assertion many experts have deemed unsubstantiated.
Despite a federal court order blocking the law’s application, three U.S. government-chartered planes departed from Texas and delivered the deportees to Salvadoran authorities. They were subsequently incarcerated at the Center for Confinement of Terrorism (Cecot), a maximum-security prison established by Bukele’s administration.
To date, the Salvadoran government has not disclosed the legal status or conditions of the deported individuals. This lack of transparency has drawn criticism from human rights organizations demanding due process and basic legal guarantees, regardless of the accused individuals’ alleged crimes.
The U.S.-El Salvador security partnership has resulted in unprecedented deportation operations, marked by strong political rhetoric and controversial legal maneuvers. While Bukele doubles down on his tough-on-crime narrative, questions remain about the rule of law and the balance between national security and human rights. What is clear is that these actions will continue to attract international scrutiny due to their regional impact and legal implications.